Tierra de gigantes

De vuelta a la tierra firme, nos cuesta un poco acostumbrarnos al cambio del acogedor colorido de las islas Lofoten, a la serenidad majestuosa de estas montañas gigantescas que reinan el reino de la costa con su afilada magnificencia de tonos verdes y grises. Navegamos la carretera de la costa, Kystriksveien (FV17), y a pesar de que el clima continua siendo tan molesto como una mosca detrás de la oreja, volviendo a molestarnos de vez en cuando, nos quedamos boquiabiertos de la belleza del paisaje detrás de cada curva de la carretera.

Los noruegos también cuidan las areas de descanso de la carretera con edificios, bancos y demás, diseñados con mucho cuidado para complementar el paisaje en vez de interferir con él.

Cuando el clima nos da un respiro cogemos un barco para cruzar la laguna glacial de aguas  de color turquesa para empezar una caminata hasta una de las lenguas del glaciar Svartisen, que es el segundo más grande de Noruega con 370 Km2 de extensión y 600 m de profundidad en su parte más profunda.

Estar en un glaciar es siempre una experiencia mágica, contemplar su forma de merengue de color blanco azulado, pensando que ha estado ahí durante millones de años. Una solo puede esperar que resista un millón de años más, no solo para el equilibrio del planeta, si no también para encantar a futuras generaciones.

La magia continua cuando seguimos conduciendo a lo largo de la costa magnífica, disfrutando de puestas de sol y paisajes gloriosos.

Coger la carretera de la costa en vez de la autopista Ártica del interior implica coger bastantes ferries, que son caros, pero vale la pena. Cuando estamos a bordo del ferry de Jektvik a Kilboghamn,  el capitán anuncia que estamos cruzando el Círculo Polar Ártico. Un globo de metal en la orilla distante marca el punto geográfico y el momento en que abandonamos la tierra del Sol de medianoche.

Intentando huir del mal tiempo de la costa conducimos hacia el interior, hacia Mosjoen, que resulta tener un tiempo igual de lluvioso. El pueblo está envuelto en feas infraestructuras industriales, unidas a la producción de aluminio, pero su viejo centro es una delicia, con viejas casas de madera y un montón de cafés para tomarte algo calentito, acompañado de algún dulce y las sonrisas de los lugareños. Al final la lluvia nos da un respiro para dar un paseo en paz y hacer algunas fotos.

Nos dirigimos de nuevo a la costa, con una parada en la cascada de Laksforsen, de 17 m de alto y un caudal impresionante.

Por el camino le pedimos a los dioses del clima que nos den otro respiro para subir al famoso Torghatten, que es un con un agujero en medio que mide 160 m de largo, 35 m de alto y 20 m ancho. Los dioses nos conceden la tregua dándonos la oportunidad de subir a aquella montaña de forma caprichosa, antes del tormentazo del día siguiente, durante el que nos quedamos en Bronnoysund porque no nos parece sabio conducir en medio del ventarrón y la tempestad.

Al día siguiente la lluvia continua, pero por lo menos el viento ha parado, así que nos ponemos de nuevo en camino con dirección a Trondheim. A lo largo de la carretera, las montañas están sembradas con innumerables cascadas, precipitándose por las laderas, que parecen como rayotes de tiza en pizarras gigantes.

Post 18-129

Moody day along the road

La lluvia ha parado para cuando llegamos a Trondheim. Es una ciudad estudiantil, lo que le da un buen ambiente. Tiene avenidas anchas y también estrechas callejuelas adoquinadas, un montón de cafés y restaurantes y una buena mezcla de arquitectura vieja y moderna. Parece que la ciudad ha hecho un esfuerzo por transformar viejos edificios industriales en modernas oficinas, bares y restaurantes, todo hecho con mucho gusto y resultados excelentes. En uno de esos restaurantes (Una https://www.unapizzeria.no/) nos invitamos a una pizza buenísima, acompañada de excelentes vinos italianos.

Desde allí nos desviamos un poco hacia Roros. Su ubicación es bastante remota, en medio de las montañas. Es un viejo pueblo minero muy bien conservado, que la UNESCO ha calificado como Patrimonio Mundial. Se lo merece. Caminamos maravillados por calles flanqueadas de viejas casas de madera pintadas en colores brillantes.

Las viejas instalaciones mineras y los barracones de madera de los mineros, cubiertos en brea, te hacen sentir que el tiempo se paró allí have un siglo más o menos.

También hay un puñado de talleres artesanos donde puedes disfrutar de la creatividad y el buen hacer de los artistas locales. Nos encanta especialmente la ceramica de Per SV. Dahl www.rorosmuseet.no/en/per-sverre-dahl y decidimos comprar una escultura, que esta cuidadosamente enviuelta en plastico de burbujas, esperando volver a casa. Eso es despues de probarnos algunos sombreros divertidos en otra galeria.

 

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