Solo agua, como lo ha sido desde el principio

Entramos la tierra de los fiordos y nos presentamos en Geiranger, que dicen que es el rey de todos los fiordos. Es impresionante y majestuoso, con sus altas laderas, sus aguas turquesa y sus bonitas cascadas. Seguramente es una obra maestra geológica, pero no es nuestro fiordo favorito. Lo contemplamos desde distintos miradores en las montañas, como Flydalsjuvet o Dalsnibba, esperamos un par de días a que pase el mal tiempo y darnos una oportunidad de ver el fiordo en todo su esplendor. Aunque el sol escasamente se asoma al cielo en tres días.

Al final nos embarcamos en un ferry para ver el fiordo desde cerca.

Después tomamos la carretera turística de Aurlandsfjellet. La cosa en Noruega es que cuando piensas que has conducido por la carretera más estrecha del mundo, siempre encuentras otra que es aún más estrecha, pero después de ésta, por lo menos los 10 Km que llevan al mirador de Vedahaugane, no creo que haya ninguna más estrecha en ninguna otra parte. Vale la pena, ya que el mirador es espectacular.

El fiordo de Hardander nos llena más que el de Geiranger, con laderas más suaves y colinas alfombradas de manzanos, perales y ciruelos, y pequeños pueblos idílicos asentados en sus orillas.

Y si lo que te gustan son las cascadas, en esta zona hay un montón. Sólo por mencionar dos:

Steindalsfossen está bastante bien, porque puedes andar por detrás de la cortina y ver el paisaje distorsionado por el cristal líquido.

Después está Voringsfoss, que es espectacular, con un impresionante salto de 182 metros en un cañon alargado, que excava su camino hacia el horizonte. Igualmente épica es la carretera para llegar allí desde Eidfjord, que consista más que nada en una sucesión de túneles en espiral que te dan la sensación de viajar por un sacacorchos gigante hundido en la montaña. La sensación es difícil de describir. Olé por los ingenieros que diseñaron una cosa tan retorcida.

Otra proeza de la ingeniería es el puente de Hardander, que ha llegado al libro de la fama por ser el puente colgante entre dos túneles más largo del mundo. Si tienes que ser especial por algo, ésta razón es tan buena como otra cualquiera.

La próxima parada es la Preikestolen (Roca del Púlpito), una de las caminatas mas famosas y espectaculares en Noruega, que culmina en un acantilado plano de más de 600 metros de alto, sobre el fiordo Lyse. Yo no hice la caminata, pero Christian me dice que es genial, y las fotos hablan por sí mismas.

De camino hacia la costa de nuevo, encontramos la pequeña ciudad de Stavanger. Vale la pena darse un paseo por la zona del puerto y el casco antiguo, son sus casas de madera blandas y sus  empinadas callejuelas adoquinadas.

Pero tal vez lo mejor de Stavanger sean sus alrededores, que son como copias de escenas de cuadros pastorales del siglo XIX. Un ejemplo es la isla de Foloy, donde pasamos una noche junto a un faro, rodeados de caletas y pastos salpicados de vacas y ovejas que vienen curiosas a visitar nuestra auto caravana. Los únicos sonidos de la noche son el mar y los cencerros.

Lo mismo se aplica a Karmoy, otra isla un poco más al norte, donde las blancas casas de madera son también la norma y donde tenemos una playa toda practicante para nosotros.

Otro pueblo a destacar en la costa sudoeste de Noruega es Songdalstrand, con edificios pintorescos de los siglos XVII y XVIII.

Así llegamos a Lindesnes, con un faro que marca el punto más al sur de la Noruega continental, a unos 2814 Km de distancia de Slettnes, el faro más al norte, que fue una de nuestras primeras paradas en Noruega. Tenemos la sensación de que fue hace mucho tiempo.

 

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