Salvaje Norte (Segunda Parte)

Dejamos las montañas atrás y nos vamos hacia el mar. El mar también es salvaje. A veces tormentoso y siempre salvaje. Con mareas impresionantes y olas rompientes. Los pequeños y encantadores pueblos de pescadores son las coordenadas para encontrar refugio y humanidad. Son lugares como el minúsculo Tazones, con un puñado de bonitos rincones, casas blancas con ventanales coloridos, un puerto en miniatura y un montón de restaurantes de pescado. Tienen buena pinta, pero ya hemos comido.

Llegamos a Cudillero al atardecer y el mar está tan encrespado que no podemos aparcar en el sitio designado para auto caravanas porque las olas son tan altas que rompen por encima de los muros de contención del puerto e inundan el parking, impresionantes. El pueblo es encantador, arropando a las laderas de las colinas con forma de concha. Las vistas son bonitas desde todos los ángulos. Una lugareña amable nos acompaña a un mirador y nos da algunos consejos para visitar los alrededores. Nos decepciona un poco que no encontramos ni un solo restaurante o sidrería abiertos para tomar un bocado para cenar. Será porque estamos fuera de temporada. Así que volvemos a Polaris y cocinamos algo sencillo, que de todas formas está calentito y es reconfortante.

No muy lejos de Cudillero está la Playa del Silencio. El nombre es paradójico, porque el mar es estruendoso, al chocar las olas contra las rocas gigantes y disolverse en una neblina salada que flota por el ambiente.

Luarca es un pueblo más grande y seguramente no es tan encantador como los otros dos, pero tiene rincones.

Además muy cerca está la Playa de Portizuelo, alfombrada de guijarros que vibran cuando las olas poderosas se acercan a la orilla. La marea está bastante alta y tienes la impresión de que una de esas olas va a arrastrar toda la playa al mar. Es el lugar perfecto para esperar el atardecer admirando la costa dramática y una roca especial con forma de pórtico que los locales llaman Óleo Furao.

Pasamos una noche acampados al lado del faro de la Isla Pancha, junto al pueblo gallego de Ribadeo. El viento es tan fuerte, que creemos que si le pusiéramos unas alas a Polaris, saldría a surcar los aires felizmente. El lugar es muy bonito, aunque la climatología no está del todo con nosotros.

Un poco más al oeste está la increíble y fascinate Praia das Catedrais (Playa de las Catedrales), que tiene ese nombre por la colección de magníficos arcos naturales de piedra que sirven de contrafuerte a los acantilados a  lo largo de la costa. Solo se puede explorar con la marea baja a horas muy específicas.

Llegamos al atardecer y el viento sigue soplando con fuerza, las olas son poderosas y rompen con fuerza en las rocas.

Eso significa que al dia siguiente la marea no alcanza el bajo habitual, lo que significa que la gente tiene que correr y subirse a las rocas cada vez que una ola grande se acerca a la playa y al final inevitablemente, pies mojados.

Vale la pena.

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Cathedral beach

Entonces vamos tierra adentro y ponemos rumbo este. Llegamos a Oviedo, que es una ciudad realmente encantadora. Sus calles emanan el aroma de la historia y sus arterias vibran llenas de vida. Vieja y moderna, como solo las pequeñas ciudades con larga tradición universitaria pueden serlo.

Y entonces, inesperadamente, continuando nuestro camino hacia el este, nos encontramos un desierto, las Bardenas Reales. Este tipo de paisaje es muy inusual para la región de Navarra, donde nos encontramos, y es el resultado de una climatología especial que consiste en inviernos fríos, veranos calurosos y periodos de sequía interrumpidos por lluvias torrenciales. También está el cierzo, que sopla por este area y es responsable por el paisaje abrupto, los cañones y las mesetas. Algunas de las formas del paisaje parecen pura magia.