Perlas, agujeros de bala y esmeraldas disueltas

Dejamos atrás las montañas nevadas de Eslovenia, sus bosques espesos, gentes amables y osos magníficos, y nos dirigimos a la costa de Croacia buscando algo de sol. Lo encontramos en la isla Krk. Nuestra primera parada es en la Ciudad Krk, que a pesar de no ser excepcional, tiene algunas esquinas bonitas, un paseo agradable junto al puerto y el mar y una parte antigua pintoresca, que bien se merece un rato.

En el sur de la isla esta Baska, un pueblo más pequeño, con una bonita playa de arena blanca, tranquilo y plácido, con el corazón hecho de pequeñas casas de colores, que le dan al pueblo una silueta amable desde la distancia. Pasamos la noche en el pequeño Camping Mali, que está muy cerca del comienzo del paseo marítimo, lo que nos garantiza paseos agradables junto al mar. En el pueblo hay montones de restaurantes que ofrecen pescado y comidas típicas. Muy buenos.

Como el clima se vuelve otra ves lluvioso en la costa, conducimos hacia el Parque Nacional de los Lagos Plitvice en el interior, esperando cielos más claros. No es el caso. Llegamos al parque después del mediodía y nos informan que buena parte de los senderos están cerrados por inundación. Un guarda forestal nos explica que no ha parado de llover en diez días. Suspiro. Contra viento y marea mañana vamos a ir a explorar el parque. De momento vamos al camping, le compramos fresas a un campesino local y nos preparamos un par de gin&tonics. Salud.

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A la mañana siguiente nos levantamos temprano y no está lloviendo, así que nos apresuramos para llegar al parque a la hora que lo abren. Ya hay unos diez autobuses de gente haciendo cola. No importa, ya sabíamos que no íbamos a estar solos. La buena noticia es que hay abierto algún sendero más que ayer. Alegría y alboroto. Pero lo mejor de todo viene cuando logramos entrar al parque y contemplar con sorpresa la belleza del lugar. Contemplar la gran cascada, precipitando su grandeza espumosa y gaseosa en un océano de verdor.

Los senderos del parque están diseñados de una manera muy inteligente para poder caminar justo al lado del agua, o incluso sobre ella, la mayor parte del tiempo. Hay gradas de cascadas y areas de aguas quietas como un espejo. Los colores varían del verde esmeralda, al verde claro, al verde oscuro, al blanco puro. En algunos sitios el sonido del agua al caer es grandioso, en otras, la calma total es difícil de creer.

Disfrutamos del camino un montón y, a pesar de que es frustrante no haber podido recorrer la totalidad de los senderos, y que en algunas partes había un montón de gente, me atrevo a decir que es uno de los puntos más álgidos de nuestro viaje. Y agradecemos a los cielos estas horas sin lluvia.

Al llegar de vuelta a Polaris la lluvia empieza de nuevo. A través de carreteras empapadas, cielos turbulentos y paisajes disueltos, conducimos hacia Zadar. A las afueras de la ciudad encontramos un lugar para pasar la noche. A través de la luz gris de la tarde lluviosa, vemos que algunos de los edificios circundantes tienen agujeros de bala y cicatrices de explosiones de artillería en sus fachadas. Es sobrecogedor. Nos preguntamos porqué no los han reparado. ¿Es porque no pueden olvidar? ¿Porque quieren recordar? ¿O es simplemente por falta de presupuesto?

Por suerte la lluvia para, así que vamos a dar una vuelta a la orilla del mar. Es como por arte de magia que tan pronto como llegamos al puerto, la atmósfera de alegra, los colores se suavizan, el agua tiene un brillo mediterráneo, los edificios se ven nuevos o renovados y la ciudad se nota como llena de vida.

Llegamos a la parte oeste de la Riva, que es el lugar designado para ver la puesta de sol. Allí encontramos dos puntos emblemáticos de la ciudad. El primero es el Órgano Marino, una serie de escalones descendiendo hasta el mar y tubos emergiendo de él, que forman un órgano cuyas melodías son producidas por el agua, las olas, las corrientes. Increíble. La música es real. El segundo punto es el Saludo al Sol, una colección de placas múltiples de cristal al nivel del suelo. Debajo, una multitud de placas fotovoltaicas absorben la energía solar durante el día y la transforman en electricidad, creando un fascinate show de luces, después de la puesta de sol. Ambos monumentos fueron diseñados por el arquitecto Nikola Bašić. Espectaculares y además engrandecidos por la puesta de sol.

La siguiente parada es Split. Increíble. La pieza central de la ciudad antigua es el Palacio Diocleciano, que parece ser una de las obras arquitectónicas mejor conservadas del Imperio Romano. Es increíble. También por el hecho de que a lo largo de los años, diferente construcciones de diferentes estilos se han ido amalgamando con él y el resultado es fascinante. También porque no es solo un monumento, es un laberinto de estructuras y construcciones donde la gente normal vive, y hay tiendas y bares y restaurantes.

En una de las estrechas callejas del laberinto encontramos  el inspirador Bar de Jazz y Librería Marulo. Un día el edificio fue la casa natal de Markus Marulus, el padre de la literatura Croata. Hoy en día el local está regentado por un trío de argentinos de conversación fluida, es rico en detalles, estratégicamente oscuro, o iluminado, según se mire, con una banda sonora estupenda, grandes vinos, una buena colección de cocktails, un par de tapas deliciosas y lecturas por aquí y por allá.

Entramos a la catedral, que es pequeña, pero muy rica, y tiene forma octogonal.

El paseo marítimo es básicamente la fachada del palacio, de una belleza histórica y especial, aunque está lleno de restaurantes y una muchedumbre de miles de turistas lo camina lenta desordenadamente arriba y abajo, como el resto de la ciudad por cierto. Pero de vez en cuando encontramos alguna plaza toda para nosotros.

Antes de llegar a Dubrovnik, tenemos que cruzar Bosnia-Herzegovina. Desde linea fronteriza a libia fronteriza, tardamos unos diez minutos, y eso es porque paramos a repostar porque el diesel es un par de céntimos más barato.

Llegamos a Dubrovnik, poco después del mediodía y brilla el sol. El camping está a unos 10 Km del centro de la ciudad, en la cima de un acantilado. Bajando un incontable número de escalones y rampas, llegas a un pequeño puerto donde puedes coger un barco para ir a la ciudad.

Llegar al viejo puerto en barco es como viajar en el tiempo. Las imponentes murallas de piedra esconden la perla detrás, el puerto está lleno de barcos y movimiento y, junto a las murallas, multitudes van y vienen. Al cruzar la puerta de entrada, se revela en centro histórico de la ciudad, exudando impecable magnificencia, y parece que el tiempo no ha pasado en los últimos 4 o 5 siglos.

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Dubrovnik Harbour

Por supuesto esto es a partes iguales un espejismo y un milagro, ya que más del 60% de la ciudad fue destruída durante la guerra. Pero sus ciudadanos se empeñaron en devolverle la gloria y el esplendor que la guerra le había arrebatado ferozmente y, piedra a piedra, fue reconstruida usando técnicas originales. Los resultados se pueden admirar aún mejor caminado por encima de las viejas murallas que rodean la ciudad. Extremadamente bello.

Por lo demás, encontramos la ciudad llena de fans de Juego de Tronos, ya que se ve que muchas escenas se filmaron el el castillo y en la ciudad, pero como nosotros no hemos visto ni un solo episodio de la serie, no entendemos el fervor de las masas. Discretamente escalamos la innumerable cantidad de escaleras que dan forma a las arterias menores de la ciudad, arriba y abajo, y exploramos esquinas más remotas, y nos comemos un delicioso pescado a la plancha, bajo un pérgola cubierta de hojas de parra y con grandes vistas sobre la ciudad. El restaurante se llama Lady Pi-Pi y nos encanta.