Otoño, comida, Frank Gehry y Eduardo Chillida

Cruzamos los Pirineos y llegamos a España, el octavo país de nuestro viaje. Durante unos cuantos días nos perdemos por los picos y los valles de la Comunidad Foral de Navarra, salpicada con pueblecitos construidos en piedra, monasterios recónditos y bonitos paisajes. Simplemente vamos de acá para allá, sin saber muy bien dónde estamos, hasta que llegamos a Pamplona. Allí seguimos los pasos de Ernest Hemingway y nos tomamos unos cafés en el Café Iruña, pero no corremos frente a los toros. Pamplona es una pequeña y agradable ciudad de provincias.

Nuestra amiga Maria nos ha preparado una lista de lugares para visitar en la región de la Rioja, así que nos dirigimos hacia allí y mientras disfrutamos del paisaje, una climatología inclemente nos pilla por sorpresa, con nevadas y las temperaturas más bajas que hemos experimentado durante este viaje. Ni si quiera en el Ártico, claro que allí estuvimos en verano. A pesar de las inclemencias meteorológicas, intentamos seguir la lista de Maria tanto como nos es posible y el camino nos lleva a bonitos pueblos como Briones y bonitos monasterios como Suso y Yuso y también Valvanera. Aunque no podemos visitarlos, porque aparentemente llegamos precisamente en el día en que están cerrados al público, sólo el camino a través de las carreteras nevadas y adornadas con los colores otoñales de la dramática Sierra de La Demanda ya vale de sobras la pena.

Maria también nos recomienda visitar una de las bodegas más antiguas de la región que es la del Marqués de Riscal. Disfrutamos de cada minuto. Primero hacemos una visita guiada por las bodegas y aprendemos un poco más del proceso de la elaboración del vino y después hacemos una cata de algunos de los vinos de las bodegas.

También tenemos la oportunidad de ver el increíble edificio que Frank Gehry, el renombrado arquitecto canadiense diseñó para las bodegas y que es un hotel de lujo situado en medio de las viñas. Espectacular. Cubierto con un dosel de olas de de titanio y acero inoxidable en tres colores. Rosa, representando el color del vino, plateado por el tope de las botellas y dorado, representando la emblemática malla que cubre las botellas de los vinos Marqués de Riscal. Tiene un brillo que pone un contrapunto estupendo a los cielos nublados del horizonte. Decidimos entrar y tomar unas tapas para comer en el bar del hotel, lo que se traduce en un par de horas sentados charlando con una joven pareja de Los Angeles que viaja también en una auto caravana. Muy placentero.

Frank Gehry es también el arquitecto que diseñó el museo Guggenheim de Bilbao, que es una de nuestras siguientes paradas. Es magnífico. Supongo que cuanto más viajas, más difícil es dejarte impresionar por lugares nuevos, pero cuando llegas al Guggenheim de Bilbao, el lugar definitivamente te emociona y te impresiona. La manera como brilla a contraluz y como cambia de color, dependiendo del humor del cielo es fascinante. Las curvas y los ángulos de la fachada son pura magia.

La manera en que un edificio tan extraordinario, sencillamente encajas con sus alrededores es de por sí encantador.

El interior está llenos de tesoros de arte y gente que los disfruta.

Pero Bilbao tiene mucho más que ofrecer, y conociéndonos, la mayoría tiene forma de cosas deliciosas para comer. Hacemos una parada para repostar energías en el mercado de La Ribera, que es una dicha para todos los sentidos.

También disfrutamos de la gente, que es extremadamente amable y muy amigable. Eso también lo experimentamos en Donostia, donde la gente además se reúne en las callejas y plazas del casco antiguo al anochecer para degustar pintxos y txakoli, el vino blanco típico.

Donostia es la capital mundial de los pintxos y hay quién dice que es la capital mundial de la cocina. Nuestra experiencia es que aquí la cocina es una pura delicia y disfrutamos un montón de todo lo que comemos, que francamente es bastante.

Aparte de eso, Donostia tiene una arquitectura bastante señorial y, no una ni dos, sino tres playas urbanas abrazando su costa. La más famosa es La Concha, en el centro, que tiene casi un kilómetro y medio de largo. Pero juntando las tres parece que puedas pasear en una especie de paseo marítimo infinito. Tremendamente agraciada y un poco surreal, eso es lo que nos parece esta fachada marítima.

Una de sus esquinas más salvajes está adornada por la escultura Peine del Viento, una colaboración entre el escultor Eduardo Chillida y el arquitecto Luis Peña Ganchegui. Un ejemplo de belleza rústica.