El tiempo es polvo

Por ahora, nuestro último pueblo en la costa de Marruecos es Sidi Ifni, una antigua colonia española que posa de un blanco inmaculado frente al encrespado mar azul. Arquitectura Art Deco, enmarcada en altas palmeras, que se pone aún más bonita bañada de los tonos miel del atardecer. 

El mercado es pequeño, pero rico en variedad. Se puede encontrar de todo, desde carne de camello, hasta Channel falsos, pasando por una masa frita, que sabe prácticamente como los churros y que calmaría el hambre más grande con la humilde inversión de unos 20 centimos de Euro.

Cuando comenzamos a conducir por el interior, nos damos cuenta de que el paisaje cambia muy rápidamente en Marruecos, probablemente es debido a la geografía montañosa, que crea una gran variedad de microclimas. Al principio pasamos por una región que está prácticamente alfombrada de higos chumbos, para notar pronto que el verde de la vegetación se va haciendo más escaso y el marrón arenoso más prominente, y de pronto estamos en el desierto.

Paramos a pasar la noche en un pequeño pueblo a las afueras de Guelmin. El camping está en medio de un oasis, es pequeño y acogedor, con tiendas llenas de cojines y un jardín umbrío. Un paseo placentero al atardecer nos revela casas hechas de barro, rodeadas de palmeras, un burro y el pequeño centro del pueblo con una mezquita de color rosa a la luz del atardecer.

Desde aquí, empezamos a viajar con una joven pareja de holandeses que encontramos por primera vez en Sidi Ifni, Yael y Sonny, que viajan en una auto caravana llamada Brutus (estan en Facebook – Dailyvanlife). Soprendentemente, o no, resulta que son amigos de un amigo nuestro, un excompañero de Nike. Nos reímos bastante y vivimos bastantes aventuras juntos, pero a pesar de todo, nuestro nivel de holandés no ha mejorado para nada.

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Yael, Sonny, Isabel and Christian enjoying lunch

Nuestro viaje por el desierto continua hacia el este. Viajamos por las carreteras menos transitadas, hasta que llegamos a Icht, un pueblo cuya parte antigua está construida de barro y tiene un laberinto de pasillos cubiertos, en vez de calles, y por supuesto está rodeadas de las leales palmeras. Una de las mejores cosas de estar en el desierto son los atardeceres y amaneceres en los horizontes infinitos.

El camino desde Icht a Tafraute es estupendo, uno de mis favoritos en Marruecos. Pierdes la noción del tiempo y las pistas de en que siglo estás, mientras conduces a través de una sucesión de valles, montañas, oasis y fortalezas excavadas en las rocas. Aquí se hace totalmente aparente que el tiempo es polvo.

Después de esta ruta gloriosa llegamos a las Rocas Azules, un lugar en el desierto, junto a Tafraoute, donde un artista belga, allá por la década de los 80 decidió pintar de azul algunas de las grandes rocas. Este sitio divide la opinión de Christian y la mía. A él le gusta. Yo creo que es un sitio extraño y sin sentido, que hubiera sido mucho más bonito sin las extrañas piedras azules. En cualquier caso nos quedamos allí a pasar la noche, mirar las estrellas y desayunar al sol, después del amanecer.

Después hacemos una corta parada en Tafroute para comprar frutas y verduras y seguimos nuestro camino.

Taroudannt es una ciudad amurallada. La muralla está bastante bien conservada y luce tonos entre marrón dorado y rosado. Dentro, los zocos son un laberinto de vistosa variedad que estimula todos los sentidos. Aquí compramos nuestras provisiones antes de dirigirnos a las tenerías al borde de la ciudad.

El olor de las tenerías es insoportable, pero por suerte unos de los empleados nos da unos ramilletes de menta para ponerlos en nuestra nariz y así neutralizar el olor. El empleado nos explica el proceso de curtido, que empieza sumergiendo las pieles en un baño de excrementos de paloma. Así que no me extraña el olor.

Si hay una palabra que describe a Marrakech es intensidad. En todos los sentidos. Llegamos en el intenso tráfico de después del mediodía y simplemente conducir a través de él para llegar a nuestro aparcamiento junto a la mezquita de la Koutoubia es toda una aventura.

Tan solo el poner los pies en la concurrida plaza de Djemaa El-Fna nos trae recuerdos de nuestra visita a la ciudad hace algunos años. Las serpientes bailan al ritmo de las flautas de los encantadores, los monos están listos para que les hagas fotos, los músicos golpean sus tambores, los puestos de comida se están preparando para la noche, los coches de caballos pasan milagrosamente entre la multitud, los contadores de historias preparan sus pequeños escenarios, las tatuadoras de hena están preparadas para pintar tu piel. Hay bicicletas, motocicletas, miles de personas que van y vienen. Tanta gente.

Cuando el sol se pone la intensidad crece. Parecía imposible. La plaza se envuelve en la luz de la luna mezclada con el humo aromático de los puestos de comida. Acción por todas partes.

Aún no he estado en ninguna otra ciudad en el mundo que tenga la intensidad vehemente de los abigarrados zocos de Marrakech. Hay piezas de artesanía de todas clases, yendo desde lámparas, a cerámicas, alfombras, artículos de cuero, objetos de carpintería, antigüedades, mantas, cojines, joyas, ropa. Barberos en plena acción, pequeñas cafeterías. Y entonces están los olores exóticos de las especias, la riqueza de los dulces, las frutas y verduras, las hierbas aromáticas, las desconcertantes carnicerías sin refrigeración.

Y la gente. Tanta gente.

El Palacio Bahía es una obra maestra desde el suelo al techo. A través de los patios, habitaciones y pasillos se pueden admirar los bonitos azulejos de los suelos y los techos de madera, los sofisticados grabados que adornan las columnas, arcos y paredes, los jardines umbríos, las bonitas puertas y ventanas de madera pintadas. Y a pesar de la sorprendente cantidad de turistas en esta época del año, afortunadamente aún puedes encontrar algunos momentos de paz en algunos de los maravillosos rincones de este edificio.